Cuestionarse a sí mismo

A pesar de la mala fama que tienen las redes sociales para el debate, en mi caso, puedo afirmar felizmente que a menudo me provocan profundas reflexiones sobre temas importantes. Y en estos tiempos, un debate que tiene muchísima fuerza es el de la inclusión de personajes de distinta orientación sexual y de los roles de género en la literatura.

 

 

Aunque cada bando, en la mayor parte de los casos, adolece de profundas carencias en oratoria y una ausencia de análisis de su propio discurso, esta batalla ha conseguido que me cuestione todas mis ideas al respecto. En realidad, ya llevaba un tiempo reflexionando, pero es innegable que por fin he entrado a fondo. Y hay otra cuestión personal, biográfica, que es determinante: las personas con baja autoestima tienen una tendencia enfermiza a cuestionar todo, que deriva en un juicio fatal y permanente sobre sí mismo. Sin embargo, esa necesidad de autocuestionamiento se puede encauzar hacia caminos positivos.

 

Antes de ir al grano, quiero confesar que nunca digo que soy feminista. Y no es por miedo a ofender, ni por no entender el término, ni por buscar aplausos. No, en mi caso no lo digo porque respeto demasiado a las personas que sí lo son y actúan como tales. Actualmente, yo solo estoy cómodo en mi sillón reflexionando, es lo más honesto que puedo decir y soy consciente de las decepciones que algunas personas cercanas se van a llevar por esto (y por más cosas que diré). Si alguien es capaz de leer este extenso artículo, lo que espero es que reflexionen antes de afirmar nada, y que luego si así lo consideran, me ayuden en lo necesario para clarificar mis ideas. Como veréis, no intento juzgar a los demás, sino a mí mismo.

 

De modo que entremos de una vez en la polémica: ¿hay que incluir personajes femeninos, personajes LGTB, transexuales, de otras razas… en la literatura?

 

No responderé aún porque creo que el debate se ha empezado por la pregunta equivocada, pues el debate de fondo es si la literatura (y cualquier forma de arte) está obligada a tener conciencia social y, por tanto, si ha de usarse como herramienta para mejorar el mundo. Cualquier respuesta que demos a esta cuestión nos va a llevar a muchas otras preguntas más concretas. Y aquí está la clave, porque el fundamentalismo y el dogmatismo implican tener de antemano una respuesta a todas las preguntas, pero sin reflexión, porque ya se reflexionó al principio.

 

Por cuestiones que no interesan a nadie, yo creo que el arte no está obligado a tener conciencia social, ni tampoco está obligado a ser una herramienta de cambio de la sociedad… ni de nada en general. Pero ojo, que no esté obligado no significa que no pueda tener conciencia social, no le niego esa posibilidad. Dicho de otro modo, puede ser arte una obra cuyo planteamiento mayor sea el mejorar la sociedad, tanto como una obra que se desentienda por completo de la conciencia social.

 

Es una postura muy cómoda, y además, no es absoluta, no es un dogma. Y es cómoda, y hasta discutible moralmente, porque me permite disfrutar de obras que nos revelaron hechos terribles que suceden en otros mundos y cuyos autores, en algunos casos, se jugaron la vida por publicarla. Y en la cuestión clave: esta postura me permite leer libros con protagonistas femeninos o con personajes de distinta orientación sexual en la trama, sin prestar atención al detalle de que otros, los autores, han hecho el trabajo de dar visibilidad y normalidad a algo que no habría sucedido de modo natural en nuestro mundo patriarcal, hetero y caucásico. Con el tiempo he ido comprobando felizmente que no me genera problema alguno acercarme a historias cuyos personajes protagonistas son femeninos. Me puedo identificar con la misma empatía que si fuera masculino. Los últimos libros que he leído están escritos por mujeres y me he adentrado en la historia sin pensar en que “me van a contar cosas de mujeres”. Simplemente, me interesaba el libro por temática o por cómo estaba el libro, sin más condicionantes, intentando ser coherente con mi propia premisa. Por desgracia, solo he leído un libro que contenga personajes LGTB, lo cual me lleva a preguntarme si la causa es la dificultad para encontrarlo en los cauces habituales o algo a lo que tengo miedo: ¿lo estaré evitando? Creo que no, y si descubro que es así, haré todo lo posible para resolverlo, porque me interesan historias que estén bien escritas por encima de todo. Pero, como dije, cada respuesta te trae nuevas preguntas. El hecho de no encontrar con la misma facilidad libros con personajes LGTB que libros heteropatriarcales enfoca de lleno dos temas: visibilización y la normalización, y las inercias que cada uno lleva, sobre todo si eres blanco heterosexual.

 

Para normalizar, primero hay que visualizar. Esto parece obvio, pero la pregunta es cómo. Si se nota forzado, si se fuerza conscientemente, si se obliga a forzar, las consecuencias pueden ser la desnaturalización y la impostura. Y cuesta mucho reconocer que para alcanzar un fin loable se hayan usado herramientas discutibles, y lo peor, muchos terminan sin entender que se debate sobre las herramientas, no sobre el fin. Lo diré de un modo más concreto, si se actúa como policía ante cualquier obra que no contenga personajes femeninos o LGTB de entidad, al final se pone el foco en algo que poco tiene que ver con la calidad de la obra. Peor aún es acusar al autor de tener unas intenciones concretas. Y esto es interesante para detenerse. ¿Un autor que escribe sin conciencia de que un determinado colectivo es invisible en su obra es culpable de invisibilizar a ese colectivo? Creo que hay que diferenciar entre consecuencias y actos. Y la diferencia la conoceremos solo en el caso de conocer personalmente al autor, o porque haya hablado de su obra o sobre el tema en cuestión. No existe nada más gratuito que pretender conocer las intenciones del autor en su obra.

 

Sin embargo, si nos dejamos llevar y confiamos en que las cosas cambiarán por sí mismas, es decir, si no forzamos el cambio, lo normal es que las cosas no cambien. Si no hay autores, si no hay editores, que se arriesguen, que se esfuercen, que luchen por contar historias con personajes que la sociedad ha entendido como “no normales”… no habrá lectores que descubran que le han impuesto una idea equivocada de lo que es “normal”. Todo cambio implica violencia, entendida esta como actuar “contra el natural modo de proceder” (RAE, tercera acepción). Por tanto, quedarse, como yo hago actualmente, en dejar que otros hagan el trabajo para que yo pueda disfrutar de todo tipo de historias, independientemente del género del autor o de sus personajes, es ciertamente una postura muy discutible. Y mucho más discutible si eres creador (o artista, para entendernos). La pregunta que uno debe hacerse es: si tienes conciencia social ¿por qué sólo la usas fuera del arte?

 

Y así, volvemos de lleno al principio: ¿debe tener la literatura un compromiso social? En mi postura confesada decía que no está obligada a ello, pero a medida que reflexiono es evidente que aparecen grietas que quiero tapar. Estas dudas aparecen porque en el fondo, lo que me da miedo no es el comienzo, sino el punto en el que se pone el límite. Las consecuencias, la coherencia. Si acepto que la literatura tiene la obligación de ayudar a mejorar la sociedad, ¿qué pasa con las obras que no ayudan en nada? ¿Puedo disfrutarlas sin sentirme culpable? ¿Debo hacer una relectura de ciertas obras? Con obras de puro entretenimiento puede que incluso la respuesta sea fácil, pero a mí me preocupa la valoración de obras cuyos aspectos estrictamente literarios las convierten en obras maestras. A mi modo de ver, la respuesta ya ha sido dada. Si aceptamos que la literatura está obligada a tener un compromiso social, no podemos juzgar a una obra por aspectos “estrictamente literarios”, pues el compromiso social se ha convertido en un aspecto literario que define a la literatura; en consecuencia, aislar uno de los elementos que definen a la literatura, según nos convenga para cada caso, es una postura muy ventajista. Y aquí no vale detenerse. Te puedes parar en el tema del feminismo y el colectivo LGTB, y no convierte esa lucha en ilícita ni falsa si no inicias otras, pero al menos uno debe ser honesto y reconocer que has llegado hasta donde has querido y que probablemente caerás en los mismos errores que acusas a los demás cuando se trata de otras cuestiones “sociales”: racismo, pobreza infantil, analfabetismo, explotación laboral, colonialismo, cambio climático, extinción de especies animales y vegetales, etc. Cuando otro colectivo te persiga por no incluir esos compromisos sociales, deberías prepararte para no dar algunas de las respuestas tan lamentables que dan otros para no incluir personajes femeninos y LGTB. Por eso insistía en que la pregunta que se hace en la redes no es la correcta al centrarse en una cuestión tan concreta. Hay que ver los árboles para entender el bosque, pero si no eres capaz de ver el bosque completo, poco entenderás de los árboles.

 

Y por último, queda otra cuestión que he dejado deliberadamente para el final: ¿qué hacemos con las obras que desafían nuestra moralidad?

 

No hablo de obras sin conciencia social, sino de obras que se sitúan en los límites de lo que la sociedad acepta, o directamente atentan contra la sociedad. ¿Cómo incluimos el compromiso social en obras que humanizan a un asesino de niños, a un violador? Resulta que la literatura hispanoamericana del siglo XX está llena de libros dedicados al dictador correspondiente y en algunos casos están tan humanizados que a los autores se les acusó de no denunciar lo suficiente la barbarie que cometieron esos dictadores. ¿Son mala literatura entonces o en este caso huimos del problema diciendo que hay que leerlos porque son documentos históricos? ¿Cuándo pasa el tiempo necesario es lícito obviar los componentes de ausencia de compromiso social en un libro para fijarnos exclusivamente en aspectos que, ahora sí, son “estrictamente literarios”? ¿Puedo leer el libro de Hitler desde un punto de vista estrictamente literario o debo quemarlo?

 

Preguntas, preguntas, preguntas. 

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